El saquito de Bensimon

* fragmento de «¿Qué hago acá? Comedia y fobia social», libro en gestación *

(…) Esa atribución que uno le da a la vestimenta, ya sea de arruinarte o mejorarte la vida, es más común de lo que parece, y supongo que es la base que justifica la moda, la única razón que puede llevar a un ser humano racional a pagar 4 lucas por una campera que debería valer 1. Envuelto en esta prenda, soy otra persona, una persona mejor. Me pasó con un saquito que me compré siendo joven adolescente. Era un saco de Bensimon beige, a cuadros, algo vintage, que me encantaba, y creo que fue de mis primeras compras de indumentaria. En ese saco, muchos antes de que se hablara de los hipsters, me sentía un bon vivant de otra época. Un Serge Gainsbourg. Me faltaba Brigitte Bardot nomás, y con ese saco no tardaría en llegar. Lo estrené ese mismo viernes a la noche, yendo a bailar a Coyote Palermo. No mucho glamour, digamos, pero era mi boliche de cabecera. El saco pasó sin pena ni gloria, el único logro fue que volvió a casa sano a salvo, sin manchas de tragos ni salpicaduras de vómitos propios o ajenos. Pero con una mancha mucho más profunda. Volvía caminando a casa, tipo 6 am, con el primer amanecer, derrotado tras una noche de rechazos, pero algo reconfortado con mi saco, que me sostenía la autoestima, y en eso pasa un auto del que se asoma un borracho que me grita “¡saquito! ¡Pelotudo!”. No sé por qué. Al tipo no lo conocía, lo vi bien y nunca antes lo había visto, y él tampoco a mí. Agresión gratuita, al calor del alcohol y de una noche que se va. Lo único que hice fue putear bajito, sacarme apurado el saco, como si estuviera lleno de bichos, y lo llevé en el brazo el resto del trayecto. Al llegar a casa me comí una milanesa fría y guardé ese saco en el fondo del placard. No salió nunca más.

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